jueves, 29 de abril de 2021

Respira

 Y, mientras le esperaba en frente de aquella facultad, con un café adornando una de mis manos y un cigarro ahumando la otra, suspiré

Mis pensamientos, antes acelerados, parecieron reducir su velocidad dejando, por primera vez en mucho tiempo, que mi mente se quedase en blanco. Supongo que con él rara vez había tiempo para respirar

Y no, no me refería al sexo apresurado ni a los miles de planes que se quedaban en el aire, ni siquiera me refería a su dogma de vida, siempre ocupada, que definía su credo. Me refería a mi, a nosotros, a la necesidad compulsiva que querer vernos aun sin saber como reaccionar al encontrarnos

A omitir las palabras en besos, a no hablar de nada más que no tuviese que ver con nosotros, a obviar las conversaciones triviales que tanto disfrutaba. A esa manía de comentar el pasado pero nunca más allá de lo poco que habíamos vivido juntos, a hablar del futuro y de como podríamos compartirlo 

Resultaba asfixiante, pero era una asfixia que pasaba desapercibida entre nosotros pues, como ya he citado, el mundo giraba a nuestro alrededor. Una asfixia que de vez en cuando acababa por hacerse notar en los días en los que alguno no actuaba como el otro esperaba, una asfixia que, en ocasiones, resultaba agotadora

Quizás era porque yo disponía de mucho tiempo y él de muy poco, quizás fuese porque él amaba el silencio y yo tenía predilección por el ruido, quizás es porque aún no somos capaces de encontrar un punto en común

Quizás deberíamos empezar a hacer vida fuera de su zona de confort, y quizás yo podría acostumbrarme a un fin de semana tranquilo estudiando, quizás podríamos espaciar nuestras quedadas o aprender a convivir con el ansia y el nerviosismo que estas imponen, quizás deberíamos dejar de preocuparnos por el tiempo y quizás podríamos probar a dejarnos llevar

Pero quizás lo que más necesite es respirar

Respirar... eso es algo de lo que estoy segura, respirar, respirar no junto a él sino para estar con él; quiero respirar para ver con objetividad todos estos obstáculos y quiero respirar para coger carrerilla y superarlos todos

Porque de nada sirve respirar mientras haces algo que te cansa y porque, por suerte para ambos, siempre fui de las que recobraban rápido el aliento

Respira conmigo, si hay algo que sé que nunca me fallará contigo son las fuerzas

Solo respira 

sábado, 3 de octubre de 2020

Fue ahí cuando me di cuenta

En el fondo, nunca se me dieron bien las personas

Quizás era por eso por lo que te consentía tanto, porque tenía la necesidad de complacerte en cada uno de los estúpidos caprichos que salían de tu boca. Quizás era por eso por lo que me entregaba por completo  a ti, aún sabiendo que los sentimientos con los que me pronunciabas nunca serían los mismos que los que yo tenía por ti

Pero una vez más el tiempo no tardó en poner todo en su sitio

Comencé a cansarme de aquellas conversaciones sin sentido que se asemejaban a hablar con una pared; empecé a hartarme de tu personalidad egoísta y de tu fe irracional con la que inundabas mis oraciones. Aunque, siendo sinceros, de lo que me acabé saciando hasta el punto de reventar, fue de ti

Alejarme no fue difícil, eso lo reconozco, aquello fue como darle al cuerpo una buena dosis de lo que por tanto tiempo había estado implorando. Pero, de vez en cuando, el tenerte cerca volvía a mi memoria como el recuerdo tembloroso de una jeringuilla sobre el lavabo

Aunque sabía que no te necesitaba, la costumbre y la dependencia hacían de mi cabeza un torbellino, incluso el humo de los cigarrillos era más denso si los fumaba pensando en ti

Eras adictivo, nunca llegué a probar tus labios o tus palabras sinceras, pero el simple hecho de creer que podía cambiarte fueron suficientes para acabar conmigo. Me consumías más rápido de lo que la razón podía entonar

Eras alguien a quien quería, o al menos eso era lo que mi corazón pautaba, en el fondo lo que nos mantenía en pie era tu necesidad de adulación y mi manía de idealizarte

Eras distinto; o eso me parece ahora, tu rostro apenas había cambiado con los años pero había algo en tu mirada, un ápice de rabia quizás, que no había tardado en formarse con la acumulación de malas experiencias que no tardabas en exculpar hacia los demás

Nunca eras el culpable, o al menos eso pensabas. Nunca eras el problema, aún siendo el factor común de todos ellos. Nunca te interesaste por nada más que lo que te convenía, y eso era una de las cosas que más me irritaban

En su momento llegué a pensar en que tenías suerte, que todos los magníficos seres que te rodeaban no eran más que una coincidencia de aquel destino en el que nunca llegué a creer; que aquella personalidad magnética que te definía se limitaba a los encuentros causales que hacían estremecer la piel. Pero no tardé en darme cuenta de que el azar no podía limitar aquella magia que sentía al estar contigo

Fue ahí cuando, como si de un golpe en seco se tratase, una idea me golpeó con fuerza. Quizás todos esos encuentros fantásticos no se debían a tí sino a mí, quizas disfrutaba tanto tu compañía porque en el fondo, muy en el fondo, era como ver el conjunto de errores que definían mi vida hechos persona

Porque te parecías tanto a mí hasta el punto de provocarme nauseas, porque eramos tan distintos que me atraías como la otra cara de un imán

Porque definirte era casi tan imposible como odiarte...

Y creeme cuando te digo que he intentado ambas 
 









martes, 25 de agosto de 2020

En el amor y la guerra

 Para las personas empáticas, una declaración de amor es similar a una declaración de guerra. Es una de esas situaciones que aunque se pueden deducir por el contexto, como un paseo nocturno por el parque, una buena cena con velas o una despedida fugaz en un portal tras una tarde juntos; suelen tomarte tan de sorpresa que te dejan indefenso ante semejante ofensiva emocional

Para las personas empáticas, una declaración meditada y recíproca, de esas tan cursis en las que se para el mundo y el corazón comienza a bombear sangre apresurado, provoca una sensación semejante a tocar el cielo, en especial si el amor es correspondido. Pero tratándose de sentimientos, rara vez ocurre que la cabeza se antepone a las vísceras...

¿Acaso estar enamorado no es una de las sensaciones más amargamente dulces que existen? 

En más de una ocasión he sido tachada de romántica por defender a las parejas que caminan de la mano o la los adolescentes que buscan entre caricias y besos la compañía del otro, porque las personas empáticas somos conscientes de que luchar contra el amor es una batalla perdida

Y es que aún no he conocido a nadie más enamorado del amor que quien lo está

Para las personas empáticas, recibir una declaración no correspondida es parecido a divagar en una campaña naval sin armas para defenderse, a quitarse las emociones una a una y sentir el desnudo que un "me gustas" conlleva 

Quizás sea por eso por lo que las personas empáticas tienden a cambiar de tema, o a deducir que se enfrentan a una broma de mal gusto; porque son tan conscientes del dolor que implica un sentimiento no correspondido que prefieren esconderse en las trincheras de las escusas antes que enfrentarse a las granadas de fragmentación que suponen las declaraciones 

Quizás sea por eso por lo que tardé en reaccionar o preferí dejar tus sentimientos a un lado y continuar nuestra tarde juntos como solíamos hacerlo; quizás le dí demasiada importancia a tus palabras o, por el contrario, las otorgué muy poco; pero cuando acorralas a un soldado este tan solo tiene dos opciones, enfrentarse al enemigo y herirlo o afrontar su desventura y entregarse a las consecuencias

La personas empáticas, al preferir su propio dolor antes que causarlo, suelen escoger la segunda opción... y, para ser sinceros, yo también lo hice

Porque en el amor y la guerra, en especial si se lucha por causas opuestas, siempre hay un bando que sale perdiendo

Porque para el amor y la guerra, ambos, nunca me sentí preparada... Y tú no ibas a ser la excepción




miércoles, 5 de agosto de 2020

Lo que me gusta de ti

Es curioso como las personas son capaces de hacer sentir tanto con apenas unas palabras, de evocar con ternura recuerdos que en su momento fueron dolorosos y de devolverle a uno sonrisas melancolicas al borde de perderse en el olvido

Supongo que por eso me gustaste tanto, quizás fuese por esa capacidad única de pronunciar las palabras más pedantes sin sonar redundante o por aquella manía de adjetivar valorativamente a todos los sustantivos que se cruzaban entre tus dedos

Quizás fuera por aquellos ojos, y no me refiero precisamente a los míos, por el tono café de tu mirada y el sin fin de latidos que esta es capaz de hacerme sentir. Por esas pupilas incandescentes que han hecho que durante todos estos meses haya sido incapaz de mirar una foto tuya sin rendirme ante los sentimientos que esta conlleva y, por consiguiente, apartar la mirada avergonzada. El café, al igual que tu iris son dos de mis puntos débiles

Quizás fuera por esa actitud bohemia por la que me acabé enamorando de ti, porque al igual que sabía que jamás te apegarías a las convenciones ni al uniformismo de una vida tranquila, supe que tampoco lo harías de mi

Aunque nuestra relación probablemente se fundamentó en aquella la aversión absoluta que ambos compartíamos hacia el aburrimiento, quizás fuese por esa necesidad intrínseca de probar cosas nuevas, o en nuestro caso probarnos el uno al otro en el sentido más explícito posible, lo que terminó por dictaminar nuestros encuentros

Pero de poco sirve recordar todos esos quizás, el simple hecho de mencionarlos evoca de forma impenitente el mismo sentimiento del que por tanto tiempo he buscado deshacerme

Tarde varias semanas en dejar de acechar tus ojos entre los desconocidos que se cruzaban por las calles que solíamos frecuentar, y otras tantas en intentar no pensar en ti al menos una vez al día. Pero lo que terminó por dictaminar mi objetivo, aquel tan agotador de olvidarte, fue el dejar de recordar el sonido de tu voz

Si el simple hecho de leerte han conseguido despertar en mi sensaciones que creía olvidadas, no quiero ni imaginarme el resultado de volver a verte, de sentarme contigo a ponernos al día y derretirme entre tus palabras a la velocidad del azúcar, ese que tanto te gusta, en el café

Pero si de algo estoy segura, y encima lo considero el único motivo por el que te voy a volver a ver, es que nada volverá a pasar entre nosotros. Podría decir que es porque ya no me atraes, o porque busco a alguien que comparta mi interés por la estabilidad emocional, pero eso sería engañarme a mi misma

Sé que no pasará nada porque, aunque haya corrido el tiempo, siempre serás de las personas que anteponen un plato nuevo y exótico al calor de uno familiar

Porque eres tan incapaz de dejar de descubrir como yo de dejar de recordar

Y eso, sin duda, es lo que más me gusta de ti


viernes, 31 de julio de 2020

Sin esfuerzo no hay recompensa

Sin esfuerzo no hay recompensa

Una verdad como un templo

Sin esfuerzo no hay recompensa

Un refrán irrefutable

Me resulta fascinante como te cuesta tan poco adaptarte a la situación o entender algo tan rápido

Me decían mis conocidos

Me resulta fascinante como algo puede hacerme sentir tan mal si no me he esforzado para conseguirlo

Me digo a mi misma

Supongo que podría atribuir mi desdén a como han subido las notas de corte y con ello la dificultad de acceso a una carrera que me gusta. Podría exculparme en lo difícil que ha sido mantener el ritmo de estudio durante esta cuarentena o que me puse nerviosa durante los exámenes...

Pero estaría mintiendo

La cruda realidad es otra, nunca me importaron las notas y por consiguiente nunca me importó mi futuro. Es curioso como una persona tan obsesionada por el control puede mostrar tanta dejadez en los estudios, los cuales son esenciales para dictaminar el mañana, en especial a estas edades

Si tuviera que buscar culpables, a parte de señalarme con el dedo de forma indiscriminada, me pararía a mirar de reojo a la costumbre, a aquella odiosa filosofía de vida que entendía por día a día

Fue la costumbre la que me hizo acostumbrarme, aunque suene bastante estúpido, a aprobar sin estudiar, a salirme con la mía sin mostrar un ápice de voluntad, a las recompensas sin esfuerzo...

Durante los primeros años de secundaria me gustaba pensar que las cosas cambiarían, que por alguna clase de milagro o fuerza extraordinaria me percataria de que no estaba haciendo las cosas bien. Podría excusarme en los adjetivos, aquellos como capaz o trabajadora que mis conocidos no dudaban en pronunciar, pero aquellas palabras tan sólo me alentaban a dejarme llevar por aquella costumbre habitual que aún me persigue, a continuar pensando que me estaba esforzando aunque fuese minimamente

Mi esfuerzo no sólo era mínimo sino nulo

Quizás fue por la misma monotonía por la que comencé a centrarme más en el ámbito laboral, y quizás fue por centrarme demasiado en el ámbito laboral por lo que ahora me estoy replanteando la idea de las oposiciones

He de decir que siempre me consideré una persona competitiva, pero no tardé en darme cuenta que en los estudios nunca podría rivalizar con mis compañeros , por eso me lancé a la aventura de los trabajos o la escritura, por eso perdía tanto el tiempo, porque sabía que nunca podría ganar

Ser de las primeras en tener cierta independencia económica o ser capaz de sacar una sonrisa a mis conocidos con tan solo escribirles un par de líneas hicieron que mi desinterés por el aspecto académico pasase desentendimiento completo por los mismos

No me malinterpreteis, me encantaba aprender, lo que me disgustaba hasta el punto de resultar repulsivo era estar horas pegada a un libro aún cuando lo que había en sus páginas no me interesaba lo más mínimo

Y acabé por aprender, creerme cuando os digo que no hay lección más severa que la de aspirar a un futuro y que este se vea condicionado por tu pasado

Ahora de poco sirve lamentarse, pero el remordimiento de tener que vivir una vida construida a partir de un plan B queda para siempre. Me gustaría pensar que si me hubiera dado cuenta de todo esto antes las cosas serían distintas, pero si he sido incapaz de cambiar mi actitud durante todos estos años ha sido porque siempre he sido consciente del problema, y nunca, nunca le he puesto solución

¿Será verdad eso de que las personas no cambian?

Imagino que es un poco tarde para pensar en ello

sábado, 25 de julio de 2020

Dias buenos y buenos días

Siempre tiendo a escribir sobre lo que me inquieta, supongo que es una de las formas más eficaces que conozco para combatir un dolor de cabeza ya que dejas los pensamientos fluir sin necesidad de drenarlos porque tienes que enfrentarte a los quehaceres diarios

Pero hoy es un día explendido de verano, no hace demasiado calor, he dormido bien y por primera vez en mucho tiempo las conversaciones vecinales que se escuchan desde mi terraza no me parecen del todo absurdas... Digamos que me he levantado de buen humor

Para hoy tenía planeado sacarme una foto decente para el currículum, de esas en las que no parece que estoy cansada pero tampoco que tengo doce años, en ocasiones es difícil lidiar con mi rostro. También pensaba en arreglarle un par de costuras a mi querido osito de peluche que muchos conoceréis bajo el nombre de Teo y limpiar algunas habitaciones de la casa, salir a la compra y cocinar, actividad que he empezado a desarrollar en apenas unas semanas. Me enorgullece decir que la cocina no es tan difícil como pensaba

Pero basta de hablar de lo que voy a hacer, son apenas las once y aún tengo el resto del día para ocuparme de ello

Hoy me apetece escribir algo alegre

Podría comenzar hablando de correspondencia, en los últimos meses me han hecho tres de los mejores regalos de mi vida. Una es una carta de cierta mujer caracterizada por su firmeza como docente, pero cuyas palabras me dieron ánimos... Y para que engañarnos, me los siguen dando cada vez que las leo. Otra es una carta de a quien considero mi mejor amigo, que me ha hecho darme cuenta de que realmente tengo capacidad de sobra para comerme el mundo, a fin de cuentas que mis espectativas de verano sean conseguir un trabajo y sacar tiempo libre para pasearme por la biblioteca nacional en busca de un artículo que presentar a la columna de opinión del país dicen mucho de mi

La última carta, para mi la peor pero la más significativa, es la de un idiota al que conozco desde hace demasiado, en ella revelaba que soy un misterio imposible de descubrir pero merecedor de indagar en él. Se me hace extraño leer su carta, comenzando porque los escritos de esa índole no le pegan en absoluto y continuando por el pequeño sentimiento de culpa que me hace sentir al pensar que, de un modo u otro, lo ha escrito por obligación

Me refiero a su carta como la peor de todas no porque esté mal, de hecho sí quitas los tecnicismos, las metáforas y alguna que otra alegoría queda una preciosa composición plagada de sentimientos, no, me refiero a ella como la peor a nivel emocional

Supongo que es porque me da demasiado que pensar, pero eso es una historia para otra ocasión

Mientras escribo me pregunto también como sería mi verano si durante el instituto hubiera favorecido más mis relaciones sociales, me pregunto si estaría en una fiesta, o disfrutando de una tarde de playa con mis compañeros de clase, me pregunto que hubiera pasado si no fuese tan insegura

Pero aquellas storys de Instagram que reflejaban fiestas o quedadas, aquellas que antes me hacían empequeñecer y sentirme sola, se han vuelto pequeñas piezas de puzle a las que no tardo en contestar con un "Me alegro de que lo estéis pasando bien"

He descubierto que no solo no debo incriminar a la gente por no incluirme, ya que en su mayoría la culpa es mía, sino que la vida que llevo actualmente, por aburrida que suene, me llena

Si de perfección se trata, me encuentro muy lejos de llegar a ella quizás sea porque quiero hacer más cuando el cuerpo me pide menos o porque sé que es imposible alcanzar la felicidad plena con tres lustros y tres años de vida. La gracia está en que no persigo la felicidad sino la tranquilidad, lo cual suena irónico tenido en cuenta mi ritmo de vida. Pero si algo he aprendido este año que no me ha enseñado ningún otro es que es mejor irse a la cama en paz antes que alegre 

Quizás sea porque concilias mejor el sueño, o porque no tienes mucho sobre lo que dar vueltas, pero sea como fuere mi mecanismo funciona y eso hace que sienta la felicidad, incluso si hace unos párrafos he mentido diciendo que no la buscaba 

Lamento no haber escrito una de esas preciosas reflexiones emotivas que me caracterizan y agradezco que, si estás leyendo esto, hayas llegado hasta aquí, pero historias tristes o melancólicas tengo para contar de sobra, días buenos... Digamos que no tantos


domingo, 31 de mayo de 2020

Miedo a las tormentas

Atrapada en un garaje, con aquella tormenta que rugía con la ferocidad del mismo infierno haciendo estremecer el suelo, me levanté

Sujetando el móvil entre mis manos temblorosas enfrenté a la lluvia y corrí hacia casa, los cascos resbalaban de mis orejas mientras la canción de suspicious minds, que me había tranquilizado hasta entonces, se desvanecía entre los rayos. Mis pantalones apenas tardaron unos segundos en empaparse y el frío amenazaba con acerme retroceder hasta aquel escondite de la calle Albuquerque

Pero no lo hice, en lugar de encogerme de miedo y ahogar los truenos con música a todo volumen como era costumbre en mí, en lugar de congelarme y llorar, sonreí

Me detuve a la vez que las gotas de lluvia resbalaban contra todo mi cuerpo sumergiendome en un baño frío, me paré en medio de la calle pero si algo puedo asegurar es que no fue por miedo

Me detuve porque una carcajada amenazaba con salir, me detuve a reírme en medio de aquel callejón mientras el sonido rugiente de la tormenta tapaba el eco que salía de mi boca

Me detuve porque fue en ese instante cuando me dí cuanta de que nada importaba

Mi miedo irracional a los truenos, mis espectativas, mi amabilidad, mi adicción al café y a fumar fuera de casa que me habían obligado a salir; mis constantes réplicas hacia mi misma o mi afición por escribir como lo hago ahora entre la lluvia

Nada importaba, lo que para mí se había convertido en una historia de superación se olvidaría junto con todo lo bueno que he hecho, lo que para mí había sido una vida dedicada a buscar la felicidad y la simpatía de otros eran mentiras cínicas para tapar mis propias inseguridades

Mis sueños rotos, mis oraciones temblorosas que se fundían con la lluvia, mis principios, mi constante búsqueda de ser la chica popular del instituto aunque viviese improvisando

Mi afán de ser la protagonista de una novela de mierda, el miedo a amar cuando temía la soledad, la bonita infancia que ahora recordaba entre lágrimas

Nada importaba, estaba tan segura de que no iba a pasar de los setenta como de nadie me recordaría, y el único motivo por el que estaba tan segura fue el mismo por el que dejó de llover

Porque todo era una bonita mierda a la que podíamos tachar de vida, porque nada era predecible y no merecía la pena vivir bajo la sombra de tus inseguridades

No merecía la pena forzar una sonrisa amable y volver a tu lectura si siempre destacarías por ser la pringada que nadie invitaba a las fiestas, no merecía la pena escribir tanto sobre el amor y la superación si era mi desprecio hacia los mismos los que me habían hecho acabar aquí. No merecía la pena pedirme perdón porque, a pesar de que la había cargado infinidad de veces, nada de esto era culpa mía

Siempre me odié por no ser la reina del instituto, por vivir por inercia o sonreír para evitar conflictos, por nunca sentirme preparada para el sexo a pesar de haber disfrutado de este, por aferrarme tanto a las personas que me brindaban amabilidad hasta el punto de derretirme por ellas y por confundir la amistad con el amor

Pero fue bajo el claro del cielo, bajo la tormenta que había tenido lugar hace unos minutos y bajo el sonido de mis carcajadas y los truenos cuando me di cuenta de que todo aquello por lo que me odiaba tampoco importaba

Era una chica más con otra vida de mierda y sueños de superación, otra chica con un afán de protagonismo y comprensión que compartía con otros cientos de miles de personas

Era una del montón y, por primera vez en años, el sentimiento de que no era especial me tranquilizaba

Fue en aquella tormenta, parada en medio de la carretera cuando me di cuenta de que, efectivamente, no era importante pero que al menos no estaba sola